Con el paso del tiempo no es extraño sentirse ajeno a la actualidad. Las pasiones que marcaron una vida parecen quedar atrás, relegadas a un recuerdo personal que ya no dialoga con el presente. Sin embargo, una escena cotidiana puede desmontar esa sensación. Durante un reciente cumpleaños familiar, observar a niños y adolescentes hablar con naturalidad de anime, compartir entusiasmo por Kimetsu no Yaiba o One Piece, y hacerlo sin vergüenza ni burla, evidenció un cambio cultural que merece ser analizado.
Hoy, ser fan de una serie, de una franquicia o de un universo narrativo ya no es necesariamente motivo de estigmatización. La afición se comparte entre hermanos menores, sobrinos e incluso hijos, generando un espacio de diálogo que décadas atrás parecía impensable. Este contraste obliga a mirar hacia atrás y reconocer que no siempre fue así. En los años noventa, manifestar abiertamente el gusto por el anime podía traducirse en aislamiento social, violencia simbólica e incluso física dentro del entorno escolar. Ser distinto era motivo suficiente para el rechazo. Aquellas experiencias, lejos de ser anecdóticas, dejaron huellas emocionales que aún persisten en muchos adultos.
El tiempo ha pasado, pero el problema de fondo no ha desaparecido. En Chile, los estudios sobre convivencia escolar indican que el bullying sigue siendo una realidad extendida. Datos del SIMCE muestran un aumento sostenido de estudiantes que declaran haber sufrido acoso escolar de manera reiterada, pasando de poco más del 10 % hace una década a cerca del 20 % en mediciones recientes. Paralelamente, organizaciones vinculadas a la infancia advierten que las denuncias por maltrato escolar han aumentado de forma significativa, especialmente en casos de agresión verbal, exclusión social y burlas relacionadas con la identidad o los gustos personales.
Este contexto hace relevante observar el rol que cumplen las aficiones compartidas. Diversos estudios en psicología y ciencias sociales coinciden en que el compartir intereses culturales favorece la autoestima, reduce la sensación de aislamiento y fortalece los vínculos emocionales, especialmente en niños y adolescentes. Cuando un entorno valida los gustos personales, se construye un espacio de pertenencia que actúa como factor protector frente al acoso. Asimismo, la interacción intergeneracional en torno a pasatiempos comunes ha demostrado mejorar la comunicación familiar y la empatía, permitiendo que adultos comprendan mejor las inquietudes de las nuevas generaciones.
Recordar que alguna vez fuimos niños o adolescentes resulta fundamental. Comprender que la pasión por una serie, un personaje o una historia no es una pérdida de tiempo, sino una forma legítima de expresión, puede marcar la diferencia entre la exclusión y el acompañamiento. En una sociedad donde el bullying sigue generando consecuencias profundas en la salud mental, fomentar la aceptación y el intercambio sano de aficiones no es un gesto menor, sino una responsabilidad compartida.
Que no se pierda la magia de compartir gustos. Que padres, familias y hermanos mayores busquen esos puntos de conexión que permiten entender, escuchar y acompañar. Porque detrás de cada afición hay una identidad en construcción, y protegerla es también una forma de construir una convivencia más justa y humana.