El 30 de octubre de 1968, los kioscos de Chile recibieron un ejemplar que cambiaría para siempre la relación de los niños con la lectura. En su portada, un chico pelirrojo de mirada curiosa saludaba al mundo con una sonrisa. Su nombre era Mampato, y la revista que llevaba su nombre se transformaría en una institución cultural, una aventura colectiva que combinó imaginación, ciencia y valores, marcando profundamente la memoria de generaciones completas.

El proyecto nació del talento y la visión del arquitecto e ilustrador Eduardo Armstrong Aldunate, quien fundó y dirigió la publicación bajo el sello de Editorial Lord Cochrane. Armstrong no solo creó una revista: ideó un concepto educativo adelantado a su tiempo, una plataforma donde la historieta convivía con la divulgación científica, la historia, la literatura y la cultura universal. La idea era simple y poderosa: que el conocimiento se aprendiera jugando.
El personaje principal fue concebido junto al dibujante Óscar Vega, quien dio forma inicial al joven viajero del tiempo. Sin embargo, a partir del cuarto número, el maestro Themo Lobos se convirtió en el alma visual y narrativa de Mampato. Con él, el personaje adquirió profundidad y humanidad: un niño inquieto, valiente, curioso, que recibía de manos de un científico un cinturón espacio-temporal, capaz de llevarlo a cualquier época y lugar.

En los viajes de Mampato, el lector recorría la prehistoria, el futuro y civilizaciones perdidas. Así nació su amistad con Ogú, el bondadoso cavernícola de corazón gigante, en la mítica saga “Kilikilis y Golagolas”, publicada entre los números 12 y 22. Años más tarde conocería a Rena, una joven del siglo 40 que simbolizaba el ideal del progreso, la inteligencia y la igualdad de género en una época en que pocas heroínas tenían ese papel. Juntos, formaron una tríada inolvidable: el niño del presente, el hombre primitivo y la mujer del futuro.
Cada entrega de la revista era un viaje dentro de otro. En sus páginas convivían las aventuras de Mampato con artículos sobre astronomía, arqueología, biología, historia del arte, manualidades y experimentos científicos. En tiempos sin internet ni televisión por cable, Mampato fue una enciclopedia viva que alimentó la curiosidad y el espíritu crítico de miles de lectores. Era, literalmente, cultura en papel.
La revista también funcionaba como espacio de comunidad. Su sección “El correo de los amigos” abría un diálogo directo con los lectores, donde el propio Mampato —convertido en narrador y anfitrión— respondía cartas y comentarios. En el segundo número, el personaje escribía: “Esta revista está hecha por un grupo de amigos”. Esa frase se transformó en un lema no oficial que sintetizaba el espíritu colaborativo del proyecto.
El impacto de Mampato fue inmediato. En su época dorada llegó a tirajes superiores a los cien mil ejemplares, un fenómeno editorial inédito en el Chile de fines de los sesenta y comienzos de los setenta. Pero su valor no radicó solo en los números, sino en su propuesta de contenido. Mientras en otros países las revistas infantiles se centraban en el humor o la aventura pura, Mampato ofrecía una mirada humanista, formativa, que trataba a los niños como lectores inteligentes.
En 1973, la muerte de Eduardo Armstrong significó un golpe devastador. La revista siguió publicándose bajo la conducción de Themo Lobos y otros colaboradores, manteniendo su espíritu hasta enero de 1978, cuando llegó a su número 418. La crisis económica de la época, los cambios editoriales y la disminución del tiraje precipitaron su cierre. Sin embargo, su huella ya era imborrable.
Themo Lobos continuó expandiendo el universo de Mampato a través de álbumes recopilatorios y nuevas historietas, consolidando al personaje como un ícono de la historieta chilena. Aventuras como “¡Vienen los Vikingos!” (publicada entre 1974 y 1975), “Los balleneros” o “Rena y los mutantes” demostraron la madurez narrativa y artística que alcanzó la serie, combinando humor, reflexión y una documentación histórica impecable.
Más allá de su estética y su contenido, Mampato representó una visión de país. Reflejaba un Chile que creía en la educación, en la ciencia, en la creatividad y en el valor de la amistad. Fue una revista que enseñó sin moralizar, que cultivó la imaginación en tiempos de cambios sociales profundos. Cada número era una lección de curiosidad y empatía.
Hoy, más de medio siglo después, su influencia sigue viva. La película animada Ogú y Mampato en Rapa Nui (2002) introdujo a nuevas generaciones al universo creado por Armstrong y Lobos. Las reediciones de las historietas han devuelto a los lectores las aventuras originales con su color y detalle restaurados. En la Biblioteca Nacional de Chile, los originales se conservan como parte del patrimonio gráfico del país, y cada año surgen exposiciones, homenajes y publicaciones que reconocen su valor histórico y artístico.
Mampato no fue una simple revista infantil. Fue una escuela de imaginación, una ventana al mundo y un refugio para la curiosidad. Su lenguaje gráfico, sus guiones detallados y su mensaje universal trascendieron el papel. A 57 años de su aparición, sigue recordándonos que aprender puede ser tan fascinante como viajar en el tiempo.
Porque Mampato, Ogú y Rena nunca se fueron: viven en cada lector que alguna vez soñó con abrir una revista y descubrir que el conocimiento también puede ser una aventura.