Kazuki Motoyama, nacido el 12 de abril de 1956 en la prefectura de Kanagawa, Japón, y fallecido en 2025 a los 69 años, fue uno de esos artistas que transformaron una franquicia comercial en una obra con alma propia. Su nombre quedó grabado en la historia del manga gracias a su monumental trabajo en la adaptación oficial de Super Mario Bros., publicada por la editorial Kodansha entre 1988 y 1998. Durante una década, Motoyama fue el responsable de convertir al plomero más famoso de los videojuegos en un personaje de aventuras, humor absurdo y ternura genuina.
Su camino hacia ese éxito fue todo menos simple. De joven, Motoyama estudió en el Musashino Art University Junior College, pero abandonó sus estudios para seguir su verdadera vocación: contar historias a través del dibujo. Sus primeros pasos los dio como asistente del mangaka Motoka Murakami, reconocido por obras como Jin y Ronin ni Tazunete. Bajo su guía, Motoyama aprendió la precisión técnica, la planificación narrativa y la ética del trabajo semanal que marcarían toda su carrera.
Debutó como autor en 1977 con el manga Love and Mini, y dos años después publicó Kimatenai no ni Kimemaru-kun, donde comenzó a usar su nombre artístico, Kazuki Motoyama. En los primeros años de su carrera exploró diversos géneros —romántico, escolar, deportivo e incluso histórico—, buscando su voz artística mientras se consolidaba en el competitivo mundo editorial japonés.
A mediados de los ochenta, su estilo humorístico, espontáneo y visualmente expresivo llamó la atención de Kodansha, que por entonces buscaba artistas capaces de adaptar propiedades de Nintendo a formato manga para el público juvenil. En 1988 le ofrecieron una oportunidad única: crear el manga oficial de Super Mario Bros. para la revista Comic BomBom, una de las más populares entre los lectores shōnen.
Motoyama aceptó el reto y lo convirtió en una obra de larga duración que se extendió por 43 volúmenes recopilatorios. En sus páginas, Mario, Luigi, Peach y Bowser dejaron atrás las limitaciones del videojuego para protagonizar historias llenas de humor físico, bromas metanarrativas y situaciones cotidianas que conectaron con los niños y adolescentes de la época. El autor incluso se dibujaba a sí mismo dentro de la obra bajo el alias “Mototin”, participando en los gags como un personaje más, una práctica que más tarde se volvería común en el manga cómico.
El éxito de la serie Super Mario de Motoyama no solo se debió a su calidad artística, sino también a su capacidad para humanizar a los personajes. Le dio a Mario una personalidad nerviosa y entusiasta, a Luigi un papel más cómico y a Bowser un aire torpe y entrañable. Su versión del Reino Champiñón era menos un campo de batalla y más un escenario de convivencia absurda donde todo podía pasar. Con esto, Motoyama logró un tono único, distinto de los mangas de acción o aventura típicos de la época.
A lo largo de los años noventa, Motoyama consolidó su reputación como un autor versátil. Además de Super Mario, realizó trabajos menores y colaboraciones, muchos de ellos en formato 4-koma (tiras cómicas de cuatro paneles), y publicó varios libros ilustrados. Su trazo limpio, expresivo y caricaturesco se convirtió en sello de identidad. Si bien gran parte de su obra no fue traducida al inglés o español, en Japón se le recuerda como uno de los pioneros en adaptar personajes de videojuegos al manga sin perder autenticidad narrativa.
Fuera del universo de Mario, Motoyama también exploró el género histórico, publicando obras educativas y cómics biográficos sobre figuras del Japón clásico, con un enfoque visual accesible para estudiantes y lectores jóvenes. Su interés por la historia japonesa se reflejaba en el respeto por el detalle, los gestos y las texturas, demostrando que su talento iba más allá de la comedia infantil.
Con su fallecimiento en 2025, la comunidad de fans y artistas japoneses despidió a un autor discreto, pero profundamente influyente. Su legado permanece en las generaciones que crecieron leyendo sus historias en las páginas de Comic BomBom y en la huella estética que dejó en el manga de licencia, un formato que rara vez lograba mantener calidad y corazón a la vez.
Kazuki Motoyama no solo adaptó a Mario: lo reinventó para el papel. Su obra representó el puente entre la cultura del videojuego y el manga, demostrando que incluso un personaje nacido para saltar y recolectar monedas podía tener profundidad, humor y humanidad. Hoy, su trazo sigue vivo en la memoria de quienes crecieron soñando con un Reino Champiñón lleno de risas y aventuras.
