El cine pierde a uno de sus seres más magnéticos. Udo Kier, leyenda alemana del cine de culto, falleció este domingo a los 81 años, según confirmó su pareja, Delbert McBride, en una noticia adelantada por Variety. Su presencia era inconfundible: mirada de hielo, voz aterciopelada y una capacidad sobrenatural para moverse entre lo bizarro, lo bello y lo brutal. Fue amigo de Andy Warhol, David Hockney y Keith Haring… sí, Kier era de esa gente que simplemente aparece donde está pasando la historia.
Con más de 200 títulos en su carrera, dejó huella casi siempre desde papeles secundarios, pero jamás pasó desapercibido. Paul Morrissey, Dario Argento, Gus Van Sant, Lars von Trier y Rainer Werner Fassbinder lo convirtieron en su amuleto creativo, moldeando a su alrededor un tipo de personaje que solo él podía interpretar: elegante, extraño, oscuro, divertido… todo al mismo tiempo.
En 2021, cuando muchos lo daban por eternamente encasillado, Kier decidió romper su propio mito. Todd Stephens lo dirigió en Swan Song, en primera
Su historia de origen era tan cinematográfica como su filmografía. Nació en Colonia, hijo de una mujer que sobrevivió a un bombardeo aliado literalmente en el momento de dar a luz. Creció con sopas y más sopas, por pura necesidad. A los 17 años se fue a Inglaterra, no para actuar, sino para trabajar en una empresa tipo Bayer y viajar por el mundo. El destino —y un puñado de personajes fascinados por su aura— lo empujaron a la actuación. Y ahí, obvio, empezó el mito.
Su amistad con Fassbinder nació en un bar de camioneros cuando el director tenía solo 15 años. Luego vinieron décadas de colaboraciones e historias de rodaje que Kier nunca olvidaba… aunque confesaba que los guiones, sí, esos sí se le iban de la cabeza. Le interesaban los momentos, las conexiones, los gestos raros que convierten a alguien en parte de tu vida creativa. Como el café con leche que Carpenter preparaba en Musso & Frank cuando le ofreció Cigarette Burns. O el plato de atún con aguacate que Alexander Payne compartió con él antes de Una vida a lo grande.
Con Lars von Trier la relación fue más profunda. Kier lo buscó después de ver El elemento del crimen y entendió que había encontrado a un aliado artístico para toda la vida. Colaboraron por más de 30 años, y el alemán llegó a ser padrino de la hija mayor del director danés.
Este 2025 también lo encontró activo: apareció en El agente secreto, de Kleber Mendonça Filho, cinta que le valió a Wagner Moura el premio a Mejor Actor en Cannes. Kier seguía ahí, como siempre, flotando en los márgenes del cine convencional, pero siendo esencial para quienes saben mirar más allá.
Se fue uno de esos artistas que no se reemplazan. Un actor que convertía cada aparición —por mínima que fuera— en un ritual extraño y magnético. Un tipo que vivió como actuaba: sin miedo a lo raro, sin pedir permiso, sin dejar de ser él.
El cine acaba de perder a su vampiro más humano, a su excéntrico más elegante, a un ícono que nunca buscó ser ícono… y que por eso lo fue.
