El luchador mexicano Manuel Alfonso Andrade Oropeza, conocido mundialmente como Andrade “El Ídolo”, cerró su segunda etapa en WWE el 13 de septiembre de 2025 en medio de tensiones creativas y diferencias con la directiva. Lo que parecía una salida más del elenco terminó destapando nuevamente las duras condiciones contractuales que la compañía —ahora bajo el control de TKO Group Holdings— mantiene con sus talentos, pese a los discursos de renovación tras la era Vince McMahon.
La historia se encendió días después cuando Andrade apareció de sorpresa en AEW Dynamite atacando a Kenny Omega. El regreso encendió a los fanáticos, pero también las alarmas legales: según reportes de Ringside News y Cageside Seats, WWE advirtió a AEW que Andrade aún estaba sujeto a una cláusula de no competencia, la misma que impide a los luchadores despedidos o liberados trabajar en otras promociones durante 90 días. En algunos contratos recientes, TKO habría extendido ese plazo hasta un año si la ruptura se produce por “causas internas” o “problemas disciplinarios”.
Estas cláusulas, heredadas de la vieja administración, son vistas por varios analistas como abusivas. No solo restringen la libertad laboral, sino que en muchos casos los talentos dejan de recibir salario completo durante ese periodo, lo que los deja en un limbo profesional. Expertos legales en entretenimiento deportivo señalan que, en algunos estados de EE. UU., este tipo de acuerdos podrían vulnerar derechos laborales básicos.
Andrade, lejos de quedarse inmóvil, regresó a México para competir en The Crash Lucha Libre, donde el 3 de octubre se coronó Campeón Peso Pesado tras derrotar a DMT Azul. El triunfo marcó su recuperación en el circuito latinoamericano y reforzó su imagen de luchador libre, aunque la posibilidad de enfrentar sanciones por parte de WWE sigue latente.
Su caso vuelve a desnudar las políticas internas que persisten tras la fusión con UFC. TKO, que prometía una nueva era de transparencia y equilibrio, parece continuar con las mismas estructuras de poder que marcaron la gestión de McMahon: control de imagen, cláusulas restrictivas y una visión corporativa que trata a los luchadores como propiedad intelectual más que como atletas.
Pese al cambio de nombre y logo, el corazón de la empresa sigue latiendo igual. La salida de Andrade no solo es el reflejo de un conflicto contractual, sino el síntoma de una cultura empresarial que no ha evolucionado. En un mercado donde la libertad creativa y laboral son cada vez más valoradas, WWE parece aferrarse al modelo de control total, mientras sus estrellas comienzan, una vez más, a buscar un futuro fuera del imperio.