Hoy quiero hablar de un amigo muy especial. No es humano, pero ha estado conmigo en cada etapa de mi vida. En momentos de angustia me sostuvo, en días de alegría me acompañó. Antes de que existieran terapias o consejos, él ya estaba ahí, ayudándome a encontrar fuerza donde no la tenía. Ese amigo se llama Mario.
Lo conocí gracias a un comercial en la tele blanco y negro que mi abuelo —mi querido tata— me había regalado. En mi casa no había riquezas, vivíamos de allegados, pero un día mi papá apareció con una NES. No venía en caja, solo con cartuchos sueltos. No importaba: la emoción de conectar la consola y ver la pistola naranja del Duck Hunt ya era suficiente. Pero la verdadera magia empezó cuando jugué Super Mario Bros. Fue como abrir una puerta a otro mundo.
Desde entonces, Mario me acompañó siempre. Recuerdo que mi tata me compraba la revista Club Nintendo. No entendía mucho de lo que leía, pero me transportaba a un universo donde todo era posible. En el sur, mis abuelos no eran fanáticos de la tele, pero una partida de Duck Hunt reunió a todos mis primos frente a la pantalla. Nadie más entendía, pero yo sí: había algo distinto, un viaje que se extendía más allá del televisor.
Con el tiempo llegaron Super Mario Bros. 2 y el inolvidable Super Mario Bros. 3. Cada nivel era una lección de vida: caerse, frustrarse, volver a intentar. Y así, entre aventuras digitales, aprendí lo que era la perseverancia.
En el colegio las cosas no eran fáciles. Venir de una familia pobre era cargar con miradas y prejuicios. Pero la promesa de tener una Super Nintendo me empujaba a seguir. Cuando por fin llegó, con su caja intacta y reluciente, sentí que era un premio al esfuerzo de mi padre. Junto a mi hermano descubrimos Yoshi’s Island y Donkey Kong Country. Y cuando un primo me cambió un Boogerman por Super Mario World, gritamos como si hubiéramos ganado la lotería.
Mario estuvo también cuando estuve enfermo, regalándome risas en medio del dolor. Cuando llegó la Nintendo 64, mi papá otra vez lo dio todo para que la tuviéramos. Con Mario 64 me tomó un año entero conseguir todas las estrellas, y cada una fue una victoria personal. Era mi manera de aprender que nada se logra sin constancia.
Ya adulto, con mi propio dinero, pude comprar una Wii. Y más tarde, tras perder un trabajo, usé mi finiquito para sumergirme en Mario Galaxy. Mientras la vida me empujaba a la incertidumbre, yo encontraba paz flotando entre planetas.
Pero la historia más profunda con Mario llegó en los últimos años de vida de mi tata. Lo cuidé cuatro años hasta que partió. El día de su funeral, con el corazón destrozado, compré una Switch y Mario Odyssey. No era un simple juego: fue una forma de sostenerme, de encontrar un pedacito de alegría en medio de la pena.
La pandemia volvió a traer oscuridad. Sin trabajo ni estabilidad, me refugié en Super Mario 3D World junto a mi hermano pequeño. Lo veía jugar, emocionado, y me reconocía en él. Mario seguía ahí, uniendo generaciones, devolviendo esperanza.
Hoy mi sobrina me dice: “¡Mario, ayúdame!”, creyendo que soy yo el héroe del Reino Champiñón. Y sonrío, porque entiendo que Mario siempre ha estado en los momentos más difíciles, y también en los más felices.
Por eso, en este cumpleaños tan especial, solo me queda decir:
Feliz cumpleaños, Mario. Gracias por ser, durante 40 años, mi mejor amigo.