Durante los años 90 y 2000, en un contexto sin internet masivo ni plataformas digitales, las revistas y fanzines de anime fueron la principal vía para que los fans latinoamericanos accedieran a información, análisis y comunidad. En Chile, Perú y Argentina, estas publicaciones jugaron roles clave en la consolidación del fandom, aunque con estilos y alcances muy distintos.
Chile: De las fotocopias al espíritu editorial
Antes de que las revistas especializadas llegaran a vitrinas con su oferta editorial más pulida, el fandom chileno vivió su era de las sombras: la del fanzine impreso a punta de pasión, diskettes y papel couché casero. Entre 1996 y 1998 circuló uno de los más recordados dentro del underground nacional: Fanzine Sugoi.
Publicado entre marzo de 1996 y septiembre de 1997 (aunque su disolución oficial fue en octubre de 1998), este fanzine era un collage de recursos precarios y amor sin límites: impreso en matriz de papel, con portadas en papel couché producidas en una humilde impresora Epson Stylus, y armado con imágenes BMP y GIF de baja calidad guardadas en diskettes de 3½. Todo era tipeado por miembros del equipo y reproducido en fotocopias. Era literalmente el «Ctrl+C / Ctrl+V» de la pasión.
Fanzine Sugoi se movía como un mito de mano en mano, especialmente en las escenas de Valparaíso y Concepción, donde su equipo incluso intentó organizar ciclos de anime que, aunque fueron un fracaso en asistencia, anticipaban el deseo de comunidad y proyección pública del fandom. El proyecto terminó abruptamente el 2 de octubre de 1998, tras la ruptura del equipo por diferencias internas. Pero su huella quedó: era el testimonio de una era artesanal, cruda y honesta.


Poco después, a principios de los 2000, llegó Kyodai Magazine, creada por Adolfo Lira y Felipe Choupay bajo el sello editorial Valhalla. Aunque también con espíritu artesanal y en blanco y negro, Kyodai representó un salto hacia la formalización: disponible en tiendas especializadas como Majin Boo y Kurgan, con contenidos como reseñas, biografías de mangakas, fanarts y noticias del medio. A diferencia de Sugoi, Kyodai logró una distribución más estable, adaptándose al limitado mercado chileno pero manteniendo el enfoque “hecho por fans para fans”.
Este tránsito —de la fotocopia al fanzine editado con rigor amateur— reflejó cómo Chile fue pasando del activismo individual al impulso editorial colectivo. Sin grandes recursos ni apoyo institucional, el fan chileno fue armando su archivo, su historia, y su identidad otaku.

Perú: Sugoi y la consolidación de un mercado emergente
La experiencia peruana fue un ejemplo de cómo el fandom podía transformarse en industria. Sugoi, fundada en 1997 por el Club Sugoi y liderada por Iván Antezana Quiroz, fue mucho más que una revista: se convirtió en el centro neurálgico del fandom peruano.
Con colaboraciones de figuras como Fiorella Cabrejos y Óscar Soto, y tirajes que llegaron a superar los 14,000 ejemplares por edición, Sugoi operó como una verdadera plataforma multimedia: organizaba eventos presenciales, charlas universitarias, lanzaba programas como Sugoi Te Ve, y hasta produjo suplementos como Mangakán, pensados para difundir el talento de mangakas locales.
Mientras en Chile aún se experimentaba con las bases de la producción editorial fan, en Perú ya se hablaba de ecosistema, profesionalización y representación cultural. Sugoi fue la vanguardia otaku de toda la región andina.
Argentina: Ran,Lazer y NÜKE

RAN (1994–1998): El fanzine que encendió la chispa
Antes de que el anime llenara estanterías y horarios prime en la TV, en Argentina ya se cocinaba algo importante: la aparición de RAN (Robot Argentino Nipón), un fanzine que comenzó a circular en 1994. Fue el primer medio impreso en Latinoamérica dedicado exclusivamente al manga y al anime, en un tiempo donde conseguir un VHS original era casi un acto de contrabando cultural.
Hecho por fans y para fans, RAN tenía un estilo artesanal y apasionado, con análisis, reseñas y artículos sobre series que eran casi imposibles de ver en el momento. Su tono era completamente entregado: se notaba el amor, a veces incluso por sobre la objetividad. Pero ahí estaba su magia: en ser una voz de resistencia, de descubrimiento y comunidad.
RAN duró hasta 1998, y aunque su tiraje fue limitado, su impacto fue fundacional. No solo formó lectores, también puso las bases del lenguaje editorial otaku en la región. Varios de sus colaboradores luego pasarían a formar parte de otras publicaciones clave, como Lazer y Nüke.

LAZER (1997–2009)
Si RAN fue el manifiesto inicial, Lazer fue el blockbuster editorial del anime en Latinoamérica. Lanzada en 1997 por Editorial Ivrea, y dirigida por Leandro Oberto y Pablo Ruiz, Lazer revolucionó el panorama con un diseño gráfico explosivo (cortesía de Martín Varsano y Gastón Enrichetti) y una voz irreverente, crítica y altamente curada.
Lazer no solo informaba: marcaba tendencia. Mezclaba análisis serios con humor ácido, cubría el anime y manga desde múltiples frentes —cultura pop, sociedad, política, estética— y lo hacía con una mirada transversal que conectaba tanto con adolescentes como con adultos.
La revista alcanzó tirajes de más de 30.000 ejemplares por edición, llegando a ser la publicación de anime más influyente de habla hispana durante más de una década. Su presencia se expandió por toda la región, incluyendo Chile, Perú, México y España.
El final llegó en 2009, debido a conflictos legales relacionados con derechos de autor sobre imágenes utilizadas. Pero su legado sigue intacto: aún hoy, hay coleccionistas que atesoran sus números como reliquias de una era dorada.

NÜKE (1999–2001)
Mientras Lazer dominaba los kioscos, un grupo de excolaboradores de RAN y Lazer decidieron tomar un camino más arriesgado y sin filtros. Así nació Nüke, una revista que se publicó entre 1999 y 2001, con un enfoque mucho más crítico, combativo y experimental.
Nüke se dirigía al lector que quería ir más allá de los top 10 de shonen. Con un tono punk y políticamente incorrecto, abordaba series menos convencionales, editoriales ácidos sobre la industria, y cuestionamientos al estado del fandom. Su estética visual también respondía a esa filosofía: layouts cargados, ilustraciones más agresivas, y una narrativa sin concesiones.
Aunque tuvo un tiraje más bajo, Nüke se convirtió en un ícono de culto para quienes buscaban una mirada alternativa y más “hardcore” del anime. Era el fanzine evolucionado: todavía artesanal, pero con voz propia y sin miedo a patear el tablero.
En esa época, el formato físico no solo era un soporte, era un ritual: esperar el número nuevo de tu revista favorita, intercambiar CDs con OVAs mal subtituladas, fotocopiar artículos que te prestaban en eventos, o ir a convenciones solo para descubrir algo nuevo.
Así, entre papel couché casero, diskettes rebalsados y CDs quemados a 4x, se forjó una generación con una pasión tangible, hecha de espera, comunidad y creatividad. Cada revista o CD era un tesoro que conectaba a los fans antes de que todo estuviera “a un clic”. Y ese click, por cierto, a veces tardaba 30 minutos en cargar.