Corría 1985 cuando los hermanos Tim y Chris Stamper fundaron Rare, un estudio británico que, en pocos años, se transformaría en sinónimo de innovación, riesgo y maestría técnica. Desde sus comienzos desarrollando para NES con títulos como Slalom, R.C. Pro-Am o Wizards & Warriors, Rare se consolidó como una de las pocas compañías occidentales capaces de impresionar a Nintendo, una hazaña mayor en los 80. Esa relación se volvió oro puro en los 90, cuando Rare se convirtió en socio cercano de la Gran N y pasó a ser una pieza esencial en la identidad de Super Nintendo y Nintendo 64.

Con Donkey Kong Country (1994), Rare no solo revivió a un personaje de los 80: redefinió cómo podía verse un videojuego en consola, gracias a la técnica de gráficos prerenderizados que en su momento fue considerada revolucionaria. Luego vino Killer Instinct, un juego de peleas con identidad propia, agresivo, arcade, ruidoso, todo lo contrario al tono más controlado de Street Fighter o Mortal Kombat. Ya en Nintendo 64, Rare alcanzó su punto más alto: GoldenEye 007 se convirtió en el shooter en primera persona más influyente de su generación, Banjo-Kazooie modernizó el género de plataformas, Perfect Dark superó técnicamente a su antecesor, y Conker’s Bad Fur Day rompió todos los esquemas de lo políticamente correcto. Rare era versatilidad, era genio creativo, y lo hacía desde un rincón rural del Reino Unido. Ningún otro estudio logró tanto, en tan poco tiempo, desde fuera de Japón.

Pero el éxito no fue eterno. En 2002, Microsoft compró Rare por 375 millones de dólares. La decisión sacudió la industria: era la primera gran adquisición de estudio por parte de Xbox, y se esperaba que Rare inyectara creatividad y nuevas franquicias al ecosistema Xbox. La realidad fue otra. Sus primeros juegos con Microsoft, como Grabbed by the Ghoulies y Kameo, no lograron conectar con el público ni con la crítica. Perfect Dark Zero, el esperado renacer de la saga, quedó corto frente a las expectativas. El fracaso más simbólico llegó cuando Banjo-Kazooie: Nuts & Bolts, pensado como regreso triunfal, fue transformado en un experimento de construcción de vehículos que confundió a los fans y dejó claro que Rare ya no tenía control creativo total. Poco a poco, la empresa dejó de ser un referente de ideas propias para convertirse en un estudio funcional. Su rol fue desplazado al desarrollo de experiencias para Kinect, el accesorio de detección de movimiento de Xbox, lo que redujo su perfil creativo a proyectos de apoyo. En lugar de imaginar nuevos mundos, Rare desarrollaba Kinect Sports.

Durante más de una década, la identidad del estudio se fue erosionando. No hubo nuevas IP que marcaran época. No hubo sagas nuevas que resonaran. Lo que quedó fue una sombra de lo que Rare fue en los 90. Las decisiones estratégicas de Microsoft y la salida de los fundadores Stamper en 2007 marcaron un punto de no retorno. Rare se institucionalizó. Y el alma del estudio —ese espíritu experimental, sarcástico, medio punk— desapareció.
Hoy, en 2025, Rare cumple 40 años. La cifra es redonda, poderosa, y debería haber sido un hito de celebración creativa. Pero la realidad es otra: el aniversario llegó sin nuevos juegos, sin anuncios, sin resurrección de franquicias históricas. Lo que se ofreció fue un control temático fabricado por 8BitDo, merchandising conmemorativo, cosméticos dentro de Sea of Thieves, algunos eventos comunitarios y un vinilo conmemorativo con remezclas musicales. Nada más. Nada jugable. Nada que proyecte a Rare hacia el futuro.

Peor aún, pocos días antes de la celebración, Craig Duncan —director del estudio desde 2010 y rostro visible de Rare durante los últimos tres ciclos de Xbox— anunció su renuncia. La salida de Duncan representa el cierre definitivo de un ciclo. Bajo su liderazgo se impulsó Sea of Thieves, que logró consolidarse como juego de servicio, pero también se estancaron otros proyectos como Everwild, anunciado en 2019 y actualmente sin fecha ni señales de vida. La franquicia Perfect Dark fue entregada a otro estudio. Banjo sigue atrapado en memes y cameos. Y Conker… está muerto.

Rare ya no es el mismo estudio que nos sorprendía con cada nueva generación. Es una marca, un legado en vitrina, una pieza de museo. A 40 años de su fundación, lo que debería ser una celebración histórica se siente más como una postal de despedida. Un estudio que fue el símbolo del riesgo y la irreverencia, ahora se celebra vendiendo cosméticos y controles personalizados. Una generación creció con Rare. Otra ni siquiera sabe quiénes son.