Hace unos días, celebré mis 37 años. No soy una joven promesa, pero tampoco me considero viejo. Para serlo, según algunos estudios, debería tener más experiencia. Estoy en una etapa intermedia, y hay muchas cosas que aún no logro comprender. En este artículo, quiero compartir mis reflexiones personales, sin pretender sonar soberbio con mi experiencia limitada.
Estos años me han brindado momentos valiosos. Soy afortunado de poder vivir de lo que amo; pocos pueden decir que viven de sus sueños. Sin embargo, no puedo evitar notar cómo esa vitalidad que tenía se ha ido disipando. Antes podía pasar horas jugando, disfrutando sin preocupaciones. Hoy, con responsabilidades y sobrepensamientos, apenas me quedan un par de horas al día para jugar.
Recuerdo que nunca fui fanático de los juegos de carreras, pero F-ZERO 99 se convirtió en mi juego favorito. Ahora, aunque compito como un campeón, lo hago desde el sillón, y al cabo de una hora me invade el sueño.

Ser tío ha sido una de las mejores experiencias de mi vida. Hace años juré que jamás tendría familia, convencido de que traer una vida al mundo truncaría mis sueños. Pero hace más de dos años, mi sobrina entró en mi vida y la transformó. Desde juegos y maquillajes hasta momentos de lucha libre por diversión, me ha enseñado a disfrutar cosas que no sabía que me gustaban: ver animales reales, observar la naturaleza y valorar lo simple. Ella no solo me llena de alegría, sino también de enseñanzas inesperadas.
Al mismo tiempo, me he dado cuenta de que mi círculo social es limitado, y eso es lo mejor que pude entender con mis limitaciones sociales. Sin embargo, estar tan encerrado también ha traído sus consecuencias: ataques de pánico y desafíos de salud mental. Necesito salir, reconectar, volver a tener momentos sociales, aunque sé que ahora será más difícil debido a la dinámica de asistir a eventos y compromisos.
Vivir en el sur es vivir en un oasis, y aunque todavía es algo novedoso para mí, siento que estoy mejorando. Sigo acumulando experiencias, paso a paso, y espero crecer más con cada momento vivido.
En este contexto, reflexionar sobre la juventud se vuelve inevitable. Según un estudio de la Universidad de Stanford, la juventud, a nivel proteico, finaliza a partir de los 34 años. En ese momento, entramos en la edad adulta, que se prolongaría hasta los 60 años, momento en el que el envejecimiento daría inicio. Finalmente, a la edad de los 78 años, pasaríamos a ser ‘oficialmente’ viejos. Este criterio se basa en un análisis clínico que mide nuestra edad en relación con las patologías que la edad trae consigo misma.
Sin embargo, la percepción de la vejez es subjetiva y varía entre individuos y culturas. Mientras algunas personas se consideran viejas antes de los 40, otras retienen una actitud juvenil mucho más allá. La forma en que cada uno vive su vida y cuida su cuerpo y su mente puede marcar la diferencia en cómo experimentamos estos cambios.
La vida, con sus cambios y responsabilidades, puede parecer que reduce la intensidad de la juventud, pero también nos da la oportunidad de disfrutarla de manera más consciente, valorar lo simple y entender que crecer no significa perder, sino evolucionar.