
La primera vez que vi anime fue por UCV Televisión. Tenía cuatro años y vivía en una Recoleta que no ofrecía certezas, solo el eco persistente de la inseguridad. Era un niño solo, y el mundo que se abría desde la pantalla era más que entretenimiento: era refugio, compañía, sentido.
Mi abuelo —mi Tata— pasaba las tardes conmigo, explicándome lo que él mismo a veces no entendía, solo por estar cerca. Ese gesto, simple y gigante, fue mi primera conexión emocional con la cultura pop.
Después llegó Metrópolis Intercom. Y con ella, los canales de anime, los bloques temáticos, la avalancha de historias que ya habían encendido un fuego en otros rincones del mundo. El boom no era solo contenido, era comunidad. Lo veías en las calles, en los foros de internet primitivo, en las primeras juntadas organizadas por universitarios que, recién egresados, armaban eventos con nada más que ganas y carteles impresos en la fotocopiadora de la facultad.

Mientras tanto, en la televisión nacional, por descarte o por azar, se emitía Bakania. Fue uno de los primeros espacios que habló abiertamente de cultura pop, con un elenco comprometido… casi todo. Uno de ellos, tiempo después, intentó adueñarse de conceptos que nunca le pertenecieron, distorsionando un relato que otros venían construyendo desde mucho antes.

En paralelo, nos llegaban los ecos de España. Revistas como Minami y Dokan no solo informaban sobre el Salón del Manga de Barcelona —una meca para los fanáticos europeos—, sino que también promocionaban programas de radio especializados como Oriente Express, que ofrecían entrevistas, bandas sonoras y análisis antes de que siquiera soñáramos con tener algo parecido en Chile. Esas publicaciones eran, literalmente, ventanas a otro mundo. Las comprábamos en kioscos contados o las fotocopiábamos como si fueran oro.



Y mientras eso pasaba allá afuera, acá, entre televisores de tubo, disfraces hechos a mano y VHS pirateados, se vivían los primeros amores y los primeros eventos masivos. El año 1999 marcó un antes y un después con los primeros encuentros de anime que reunieron cientos de personas. Los ciclos de cine y anime en el Paseo Las Palmas eran más que cultura alternativa: eran resistencia emocional.
Los medios tradicionales intentaron ridiculizar a quienes solo buscaban encontrarse. Perseguían a “una tropa de pendejos pajeros” por descubrir su primer hentai, sin entender que lo que estaban haciendo era abrir un camino. Lo único que lograron fue provocar lo contrario: más fanáticos, más comunidad, más orgullo. Gente diciendo en voz alta: “Sí, me gusta el anime. ¿Y qué?”






Desde entonces, la historia del anime en Chile ha tenido sus vaivenes, pero una cosa es clara: los verdaderos pioneros no nacieron de la televisión ni del marketing. Surgieron en universidades, en centros culturales, en regiones como Valdivia, Chiloé, Concepción y Antofagasta, donde desde 1998 se organizaban ciclos de cine, clubes de fans y jornadas temáticas que nacían del puro pulso comunitario. Eran iniciativas autogestionadas, con recursos mínimos pero con un entusiasmo brutal, que se tejían entre pasillos universitarios, bibliotecas públicas y emisoras locales.
Y si bien esas expresiones regionales marcaron un precedente vital en la descentralización del fandom, hay que reconocer que Anime Expo Chile —realizada por primera vez en 2001 en Santiago— fue la primera gran convención masiva que logró articular a gran escala todo ese movimiento subterráneo. Fue lo más cercano, en nuestras coordenadas, al mítico Salón del Manga de Barcelona: un evento que no solo reunió a los fanáticos, sino que los puso en el mapa. Escenario, cosplay, invitados, comercio especializado, medios cubriendo. Por primera vez, ser otaku no era esconderse: era ocupar un lugar.
Ya en 2003, Sonidos Orientales —programa radial de corte comunitario— consolidaba otro hito: un espacio exclusivo en la radio para la difusión del anime, los videojuegos y la cultura japonesa. Mientras tanto, desde Iquique hasta Puerto Montt, surgían decenas de pequeños festivales, jornadas y ferias que tejían una red sólida, aunque muchas veces invisibilizada por la lógica centralista.





Hoy, cuando ser fanático es casi un acto automático —como seguir una serie en streaming o ponerse una polera de One Piece sin saber si es un barco o un personaje—, es fácil olvidar que hubo un tiempo donde la pasión era clandestina. Por eso esta crónica existe. Para recordar que antes de la validación, estuvo el grito. Antes del like, la vergüenza. Antes del algoritmo, la comunidad.
Y aunque nadie los aplaudió en su momento, fueron ellos —los que fotocopiaban revistas, quemaban CDs y se reunían en patios universitarios— los que encendieron la chispa.