
Corría 1996 cuando la televisión chilena decidió que había un enemigo público entre nosotros: el anime. ¿La excusa? Un reportaje del programa Contacto que “descubría” la existencia de un título japonés cargado de horror, sexo y demonios con tentáculos: Urotsukidōji: Legend of the Overfiend. A partir de ahí se desató una cacería moral al estilo inquisitorial que, vista con ojos actuales, provoca una mezcla de vergüenza ajena y risa incómoda.
La premisa del reportaje era simple y alarmista: culpar al anime por la supuesta degradación moral de la juventud chilena. Pero lo que realmente vimos fue a un par de señoras escandalizadas —más por ignorancia que por información— apuntando con el dedo al VHS japonés como si fuese responsable de sus propias frustraciones como adultas. ¿El resultado? Un pánico mediático en el que la animación japonesa fue tratada como un virus cultural llegado desde el mismísimo infierno.
En esa época, la influencia de la Iglesia Católica seguía pesando con fuerza, y cualquier contenido que no pasara el filtro del “canal del angelito” (sí, Canal 13) era automáticamente tachado de peligroso, sucio o derechamente demoníaco. Bastaba con que un joven comprara una cinta con monitos japoneses en una tienda de cómics para que lo tildaran de «pajero», «pervertido» o simplemente de alguien “que veía cochinadas”.
Pero lo que realmente quedó en evidencia fue otra cosa: la absoluta falta de alfabetización audiovisual en Chile. Nadie se preguntó por qué existía anime para adultos, ni se molestó en investigar qué significaban palabras como hentai u OVA. Para muchos, todo era lo mismo. Y entre tanto griterío moralista, quienes disfrutábamos el anime con pasión y sin hacerle daño a nadie fuimos puestos bajo sospecha, como si el solo hecho de ver animación japonesa nos convirtiera en sujetos peligrosos.
Ese episodio, que hoy circula como meme en TikTok y otras redes sociales, fue en su momento una operación mediática desproporcionada. Y sí, todo orquestado por periodistas en busca de rating fácil, que vendieron escándalo sin contexto. Bastaron un par de minutos al aire para transformar una expresión cultural en un supuesto símbolo de “peligro moral”.
En Invasión Anime creemos que estos momentos deben revisarse, discutirse y, sobre todo, recordarse. Porque no se atacó solo a un producto cultural: se intentó criminalizar a toda una generación de fans noventeros por sus gustos. Se instaló la sospecha sobre quienes consumían animación japonesa como si fueran una amenaza, solo por preferir algo distinto.
Hoy, más de 25 años después, lo que fue censura es norma. Lo que era tabú, ahora es fanart. Lo que fue persecución es simplemente parte de una historia que hay que contar para no repetir. Porque si algo nos enseñó el caso Urotsukidōji en Chile, es que no basta con mirar anime: también hay que estar listos para defenderlo de quienes no entienden… o no quieren entender.